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El penal de Roma a Delem: la atajada que cambió la historia de los Superclásicos

El 9 de diciembre de 1962 quedó grabado como una de las fechas más influyentes del profesionalismo en Argentina. Boca Juniors y River Plate llegaron a la penúltima jornada igualados en el primer puesto con 39 puntos, convirtiendo aquel Superclásico en una final de campeonato virtual y directa.

La expectativa en Buenos Aires era total, con una Bombonera desbordada que marcaba récords de recaudación para la época. El equipo xeneize, dirigido por José D’Amico, confiaba en su solidez defensiva, mientras que el conjunto de Núñez apostaba al talento del brasileño Delem y de Luis Artime.

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El encuentro fue tenso y disputado, reflejando la paridad absoluta que ambos equipos mostraron durante todo el certamen. A los 14 minutos del primer tiempo, Paulo Valentim puso en ventaja a Boca mediante un tiro penal, tras una falta cometida sobre el veloz delantero tucumano Víctor Rodríguez.

River reaccionó y buscó el empate con insistencia, pero se chocó repetidamente con la figura de Antonio Roma. El arquero boquense, apodado “Tarzán” por su imponente físico y agilidad, se convirtió en el pilar que sostenía la mínima ventaja mientras el reloj avanzaba hacia el desenlace final.

El arquero apodado “Tarzán”, por su imponente físico y agilidad, se convirtió en el pilar que sostenía la mínima ventaja de Boca

A falta de seis minutos para el cierre, el árbitro Carlos Nai Foino sancionó un penal para River Plate por una infracción de Carmelo Simeone sobre Artime. El estadio enmudeció ante la posibilidad de que el título se escapara en el último suspiro, dejando la resolución en manos de los ejecutores.

El impacto de la atajada de Antonio Roma en el campeonato de 1962

Vladem Lázaro Ruiz Quevedo, conocido popularmente como Delem, fue el encargado de ejecutar la falta máxima. El brasileño era el goleador y referente técnico del equipo millonario, habiendo demostrado una notable eficacia en situaciones de presión extrema durante el transcurso de toda la campaña.

Roma se adelantó casi dos metros antes del impacto, un movimiento que hoy sería invalidado por el reglamento moderno pero que entonces quedaba a criterio arbitral. El arquero voló hacia su derecha y desvió el remate a media altura, provocando una explosión de júbilo en las tribunas locales.

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Los jugadores de River rodearon inmediatamente a Nai Foino para reclamar por el adelantamiento evidente del guardameta. Según consigna el periodista Diego Estévez en su libro 385 Superclásicos, el juez respondió con una frase histórica: “Aire, aire, jueguen. Penal bien pateado es gol”.

Aquella sentencia del árbitro cerró cualquier discusión reglamentaria en el campo de juego y permitió que el partido continuara bajo un clima de absoluta efervescencia. Boca resistió los ataques finales de un River desmoralizado que no logró asimilar el impacto psicológico de la oportunidad perdida.

El pitazo final decretó el triunfo de Boca por 1 a 0, resultado que le permitió quedar como único líder a falta de una fecha. La victoria en el Superclásico fue el golpe de gracia para las aspiraciones de su eterno rival, que vio cómo se esfumaba un título que parecía estar al alcance de su mano.

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En la última jornada, Boca Juniors goleó 4 a 0 a Estudiantes de La Plata y se consagró campeón del fútbol argentino. Sin embargo, todos los cronistas de la época coincidieron en que el torneo se ganó en aquel instante donde las manos de Roma impidieron el grito de gol del brasileño Delem.

El impacto del penal trascendió lo deportivo para instalarse en la mitología de la institución de la Ribera. Antonio Roma consolidó su estatus de ídolo máximo, mientras que para Delem significó un estigma que lo acompañaría durante el resto de su exitosa carrera en el fútbol sudamericano.

Fue el momento más dramático de mi vida deportiva. Sentí que el mundo se me venía abajo cuando vi a Roma tapar la pelota”, declararía años después Delem en una entrevista para la revista El Gráfico. El delantero jamás pudo olvidar la decepción de aquel remate que pudo cambiar el destino.

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La importancia de este suceso radica en que fue la primera vez que un Superclásico definía prácticamente un título de liga en formato de todos contra todos. La carga dramática del penal atajado estableció un estándar de rivalidad que alimentó el folklore del fútbol local por décadas.

A nivel institucional, el título de 1962 significó el inicio de una etapa de éxitos para Boca Juniors en la década del 60. Para River, la derrota profundizó una racha negativa de 18 años sin campeonatos, periodo conocido históricamente por su afición como “la sequía” o “el maleficio”.

Los historiadores coinciden en que la figura de Antonio Roma en 1962 representa la esencia del arquero ganador en momentos decisivos. Su intervención no solo valió dos puntos en la tabla de posiciones, sino que forjó una identidad de resistencia defensiva que caracterizó al club durante mucho tiempo.

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Este hito permanece vigente en la memoria colectiva argentina como el ejemplo perfecto de cómo un detalle técnico o arbitral puede alterar el rumbo de una competencia. La atajada de Roma es, sin dudas, el acto defensivo más recordado en la centenaria historia de los enfrentamientos entre ambos.

El fútbol argentino de los años sesenta encontraba en estos protagonistas la síntesis de una pasión que movilizaba a todo un país. El penal de 1962 no fue solo una jugada, sino el punto de inflexión donde Boca Juniors reafirmó su paternidad en los duelos directos por torneos oficiales.

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